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Historia y muerte de una bonita mujer

Editorial (con permiso) de Fabricio Alvarez

Olga nació un 3 de mayo de 1949. Hoy cumple 72 años. Llegó al mundo como única hija del matrimonio en segundas nupcias de Ceferino y Vicenta. La menor de unos 10 hermanos de los matrimonios anteriores de sus padres.

De familia pobre y humilde, supo ser destacada estudiante hasta que un prematuro embarazo a los 18 años hizo dejara la educación secundaria cuando estaba pronto a finalizar. Se casó con Pedro. Perdió al niño enseguida de nacer tras ser trasladado a Montevideo por problemas cardiorrespiratorios. Al año tuvo a su hijo mayor y luego a tres más.

Era muy nerviosa, charlaba mucho, hiperactiva, gran lectora, abnegada esposa y muy destacada por su don de responsable madre.

De muy baja autoestima, no supo volar más allá de los límites impuestos por la jaula social, incluido su entorno. De raíces pobres y vida también.

Se esforzó en lo que pudo según las circunstancias y mereció sin dudas una mejor vida.

Consecuencia de todo lo que le tocó, tuvo desde siempre una fuerte tendencia a la depresión que supo manejar solita, casi siempre refugiándose en sus sueños de una mejor vida para ella y sus hijos.

Lo que la vida no pudo arrebatarle fue la fiereza y la voluntad para criarlos de la forma que le hubiera a ella gustado construirse.

Se la recuerda discutiendo hasta con Dios para defender su parecer, y gritándole hasta a los árbitros de fútbol si entendía no cobraban lo justo.

Tratándose muchos años con una psiquiatra, nunca logró salir del pozo anímico y mental en la que su vida estaba sumergida. Quizás la falta de atención adecuada solo en base a montañas de cajas con pastillas, una y otra vez, una y otra vez, sin un especial cuidado a través del dialogo, no fueron suficiente para su alma quebrada.

Otra época donde no existían los equipos multidisciplinarios, y la derivación a un licenciado en psicología era solo para los destinados a poder pagarla, Olga siguió hundiéndose en su vida interna de un solitario laberinto sin salida.

Se suicidó un 31 de mayo a los 56 años.

Dejó en sus hijos la marca indeleble de como un ser humano, teniendo condiciones para crecer, es víctima de sus circunstancias.

Con ella se descubrió que existe siempre una mejor vida, pero es más caro. Con ella se descubrió que, para muchos otros seres humanos, tanto tienes, tanto vales. Se descubrió que lo de la actitud, el esfuerzo, la dedicación, solo, no alcanza. Refuta con su ejemplo la hoy tan de moda forma de evadir responsabilidades llamada meritocracia.

Escribo se descubrió y debería decir descubrimos.

Sus hijos descubrimos.

Hoy se cumplen 17 años de su voluntaria partida.

Hoy nuestra mamá Olga Ramírez estaría cumpliendo 72 años.

Hoy nuestra mamá Olga podría estar trabajando con sus hijos y nieto.

Podría elegir que comer. Comprar sus cigarros sin mendigar ni rascar bolsillos. Alegrarse todos los días si el mismo finalizaba con bananas y dulce de leche. Tomar Cocal Cola. No solo gritar, sino ir al Parque Central a ver su equipo. Ir al cine. Comprarse el libro que quisiera. Ya no ir al caribe sino conocer Punta del Este. O Cabo Polonio. Amada y extrañada mamá Olga.

Adorada mamá Olga.

Estas aquí, con nosotros, siempre, hasta que nos vayamos a tomar mate dulce contigo.

No le pongas canela.

Y aguarda, no lo dejes enfriar.




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