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Esto escribió José Costa, integrante del ejército de Juan A. Lavalleja en la batalla de Sarandí


Los manuscritos se componen de una veintena de hojillas en total, que se pueden dividir en dos partes. Unas están dirigidas al cónsul del Estado Oriental en Río Grande del Sur, Teodoro Costa Barboza, en las cuales José Costa pide su intercesión ante el gobierno oriental a los efectos de que le sean reconocidos sus servicios como soldado de la independencia nacional. Las otras hojillas hacen referencia a las Memorias que el propio José Costa enviara en el año 1861 al periódico “La Prensa Oriental” (dirigido por el historiador Isidoro de María) para su publicación, las cuales transcriben los hechos del año 1825 que fueran protagonizados por el propio Costa. En éstas describe su incorporación al ejército de Juan Antonio Lavalleja, la vida en el campamento del Pintado, la batalla de Sarandí y el viaje que Costa como integrante del escuadrón de Húsares realizara a Buenos Aires custodiando al enviado de Lavalleja ante el gobierno porteño comunicándole la victoria obtenida en Sarandí sobre el ejército brasilero.

Los manuscritos fueron escritos en el año 1885, cuatro años antes del fallecimiento de José Costa, y fueron hallados entre los documentos que integraban el Archivo “Ariosto Fernández” que se guardan en la Biblioteca del mismo en Florida. Reseña de los sucesos del año de 1825

“Tengo el orgullo y vanagloria de ser uno de los que ocupé un lugar en las filas de mi general infortunado Lavalleja y Oribe. Aún existen algunos compañeros de armas que podrán garantir mi verdad: fui uno de los que acompañé al señor general Oribe al frente de Montevideo, y el de hallarme en el primero de los encuentros que anunciaron las glorias del Sarandí; me hallé en el Cerro y en varios ataques que tuvieron lugar en aquella época a las órdenes del general Oribe, entonces coronel sitiador, de modo que puedo recordar como Arizaga, Alvarado, Pikerman y muchos otros compañeros las glorias de mi patria, y puedo dar un conocimiento exacto de todas las peripecias que tuvieron lugar hasta después de la paz, y ya que ud. se ha tomado la gloria de ilustrar la nueva generación con los hechos pasados mucho le servirán; lo que sí le pido a ud. que corrija mis errores, no atienda ud. a la poca o ninguna elocuencia de mis escritos, ellos están desnudos de ella, pero en su defecto hallará en ellos el lenguaje de la verdad desnuda de la vil adulación”.

“El señor general Lavalleja luego que llegó a Canelones me pidió a mi que me hallaba al lado del coronel sitiador; en efecto lo acompañé, en aquel pueblo fue descubierto (por un Mariano Caraballo, que más tarde murió de viruelas de alfombrilla en el Durazno, en casa del médico Ytoribal) una revolución fraguada por el mayor D. Bonifacio Isac (Alias Calderón) y muchos otros, con intención de prender a todos los patriotas que seguían al inmortal Lavalleja y entregarlos al general Portugués, pero el general fue más vivo”.

“El general daba sus órdenes al mayor Calderón para organizar las fuerzas en el Durazno (esto fue en el mismo mes de Abril) cuando se descubrió la trama, se hallaba en casa de la señora Beata Doña Tomasa Ubarnea con los oficiales Manuel Lavalleja, Atanasio Sierra, Benito Ojeda, Juan Ojeda, el que suscribe, y algunos otros, cuando dirijiéndose a mí me dijo, pronto vaya Ud. a buscarme al Mayor Calderón, y dígale que preciso hablarle antes de ir para el Durazno. En el acto salí yo, y le hallé de visita en casa del respetable Sr. D. Joaquín Suárez, le hice presente mi comisión y se me contestó que en el acto comparecería al llamado del Sr. General, regresé con la respuesta (mal sabía yo lo que estaba por suceder, como joven que era entonces), a pocos momentos llegó el Mayor Calderón, en un caballo picaso rabicano, cola al garrón (como dicen mis paisanos), se apeó, entró en la sala, y en el acto le cercaron todos, los oficiales que allí se hallaban, prendiéndolo y desarmándolo en el instante un herrero español llamado Marín fue llamado y se le puso una barra de grillos al dicho Mayor, y el General dio orden de marcha a toda su escolta y oficiales incluso su servidor, pero antes de marchar me ordenó el Sr. General fuese a repartir como quinientas proclamas impresas de su programa que se prometía seguir desde la pasada de Buenos Aires, lo que así hice, entregando el resto que me quedaba al Comandante de la milicia entonces de Canelones, D. Isidoro Alonzo, la noche se aproximaba y yo debía incorporarme al Sr. General para marchar”.

“Se puso a Calderón sentado como una señora, se le puso una guardia fuerte, y en el acto marchamos toda la noche hasta llegar al campamento en la Orqueta de Santa Lucía; luego que llegamos, se hizo apear al preso, se le hizo un rancho de arcos y se le pusieron dos centinelas de vista, y se encargó del proceso al Mayor entonces D. Pablo Zufriategui”.

“El día 26 de Abril se formó el plantel del escuadrón de húsares orientales compuesto de dos compañías, la primera la dieron a reconocer como capitaneada por D. Manuel Araucho; teniente primero de ella, al Señor D. Francisco Oribe, y la segunda a las órdenes del capitán D. Bernardo González, y como comandante de este escuadrón al capitán de la primera D. Manuel Araucho, y a mí como alférez porta estandarte del mismo escuadrón; en aquel paraje se empezó a organizar el ejército que más tarde dio las glorias más grandes a mi adorada patria. Siendo después el campo demasiado pequeño para organizar el ejército, el General mudó el campamento a inmediaciones de la Florida, y allí se reunió el Gobierno compuesto de los señores D. Manuel Durán, D. Manuel Calleros y asesor Revuelta, allí funcionó el Sr. D. Francisco Araucho y D. Francisco Solano Antuña, y D. José Encarnación Zaz; pero volvamos a Calderón”.

“Tan luego fue preso D. Bonifacio Calderón, el Sr. General ordenó al Coronel D. Leonardo Olivera para pasar a la estancia de D. Juan M. Turreiro, y lo prendiese, como ordenó del mismo modo la prisión de D. Antonino Domingo Costa, D. Juan Álvarez del Pino, D. Justo Diego González, y algunos otros, pero no se consiguió la prisión de Costa, González ni Álvarez del Pino, porque se evadieron y se fueron a la plaza lugar donde existían las tropas Imperiales. Se prendió al Sr. Turreiro y amaneció con él, en el campamento, y la virtuosa esposa de este que del a pesar estado bastante avanzado del embarazo, no quiso abandonarlo; llegado que fue al campamento y no habiendo grillos, fue puesto en cuatro estacas en la división de Maldonado que estaba a las órdenes del Coronel Olivera, y Calderón con grillos bajo custodia de mi escuadrón de húsares orientales, también se encargó del proceso de Turreiro como mayor que era de un escuadrón de Milicias Orientales el mismo que ya lo estaba D. Pablo Zufriategui”.

“Luego que llegaron las divisiones de Maldonado a las órdenes del mayor Mariño, la de Minas a las órdenes del coronel Gordillo, la de Canelones a las del comandante D. Simón del Pino, marchamos como dije antes a las inmediaciones de la Florida, en donde se hizo fuerte el ejército. En el pueblo se organizaba un batallón o regimiento de infantería a las órdenes del coronel D. Felipe Duarte con buenos oficiales, cuyo batallón lo mandó más tarde nuestro benemérito compatriota coronel D. Eugenio Garzón; ahí está el señor coronel D. Andrés Gómez y oficiales D. Joaquín Ideyaga, D. Emenegildo Puentes y muchos otros compañeros que atestiguarán la verdad de la historia que voy relatando”.

“Luego que el Sr. Fiscal de la causa de los mayores Isac o Calderón y Turreiro la concluyó, se nombró el Jurado en el pueblo de la Florida, allí recibieron orden todos los oficiales jóvenes de asistir a aquél acto tan respetuoso. Componían aquel cuerpo respetable, el Excelentísimo Gobierno Provisorio, y demás Jefe del Ejército, el Fiscal, el mayor Zufriategui, leyó en alta voz la causa de ambos presuntos reos, ambos tenían defensor, el del Sr. Calderón fue el mayor entonces D. Pedro Lenguas, y el del Mayor Turreiro lo fue el teniente coronel D. Gregorio Pérez que fue jefe del regimiento de Húsares Orientales al que siempre perteneció hasta la venida del Ejército Nacional. La acusación fue muy extensa, la defensa muy lúcida, concluido este acto, quedaron los que debían decidir de la suerte de aquellos dos señores al parecer reos, lo que unánimemente decidieron que debían morir fusilados, quedando la causa abierta, pero luego que apareciesen los demás cómplices seguir el mismo destino, se le pasó una comunicación al General Lavalleja poniendo a sus órdenes para que diese la debida ejecución en los reos ordenada por el Excelentísimo Gobierno de la Provincia”.

“El Sr. General Lavalleja tenía a su lado al honrado teniente coronel, en aquella época D. Atanasio Lapido, este Sr. enemigo de sangre oriental, y celoso de la reputación de nuestro General aconsejó al Sr. General que debía interceder por estos beneméritos soldados de la Patria, diciéndole que era mayor la gloria de perdonar, que no la de castigar. El General que de por sí era hombre humano accedió a este consejo con todo su corazón, y se redactó una comunicación que fue concebida poco más o menos en estos términos- Excelentísimo Gobierno Provisorio. El General que firma no ha podido menos de quedar absorto al leer a fojas tantas del proceso que original se lo acompaña, sentenciadas a muerte las vidas de los mayores D. Bonifacio Isac y D. Juan Turreiro, sobre el primero solo podré decir que es un hombre que me ha acompañado con frente serena en todos los peligros, que su cuerpo está todo cubierto de heridas por la Patria, y que hoy las heridas que recibiese con el plomo mortífero que V.E. ordena, no harían más que emponzoñar las heridas del honor, y se encubrirían de ignominia, así pues si de algo valen mis servicios a mi Patria el empleo con que me habían honrado, m i fortuna y cuanto pueda poseer, todo lo interpongo en favor del precitado, mayor Isac y Turreiro, etc, etc”.

“El Excelentísimo Gobierno contestó poco más o menos en estos términos. Excelentísimo Sr. General en Jefe del Estado Don Juan Antonio Lavalleja, etc, etc. Si absorto ha quedado V.E. al leer a fojas tantas, del proceso que hoy se le ha remitido para dar su debida ejecución, sentenciando a muerte las vidas de los mayores D. Bonifacio Isac y D. Juan Turreiro más absorto ha quedado el Gobierno al ver que el agraviado perdona al agraviador, y así no solo le concede las vidas de los precitados mayores, sino sus personas para que haga de ellas lo que estime conveniente. Dios guarde etc, etc, firmado Durán – Calleros – Rebuelta -Secretario, Francisco de Araucho”.

“Esta contestación fue recibida por el señor general con el mayor entusiasmo, anunciándose en la orden del día, y siendo saludada por la banda de cornetas en todos los cuerpos del ejército”.

“En el acto de recibir el señor general tan plausible noticia ordenó viniese el herrero o armero Marin para quitar los grillos al mayor Calderón que ya estaba en una grande carreta toldada cerca del cuartel general; en el mismo instante subió a la carreta el señor general y habló al mayo Calderón, diciéndole: “estas sentidas palabras” -compañero está usted en libertad, el Gobierno ha accedido á mi pedido”, el mayor Calderón contestó, “no esperaba menos del corazón magnánimo de V.E. esta acción noble yo la sabré corresponder” (pero su corazón estaba cubierto de saña, y tan luego como puso se pasó al ejército invasor, y volvió sus armas contra quien le dio la vida, como todos los compañeros lo saben) en el mismo momento se le quitó por el herrero la barra de grillos, y acompañado del general bajó de la carreta, ya estaban allí todos los jefes del ejército y demás oficiales por orden del señor general para venir a saludar a aquellos dos señores mayores, y todos a por fin felicitábamos a ambos por el feliz desenlace que había tenido su causa. El general y su secretario teniente coronel D. Atanasio Lapido derramaron lágrimas de gozo, y en el acto ordenó el señor general se levantase una sala artificial de bastante capacidad para que el Exmo. Gobierno Provisorio y todos los jefes del ejército vinieran a participar de su contento”.

“Todos a porfía trabajaban con ahínco en hacer la hermosa pieza de laureles y demás árboles, adornándola del mejor modo posible, una grande mesa de campaña hecha con paja, muchos bancos de lo mismo; luego de concluida del todo esta sala y su aparato, el señor general invitó al Exmo. Gobierno a fin de que se dignase acompañarle en aquel, para él, gran día de júbilo, por haber salvado aquellos dos mayores, y que sus causas se hubiesen concluido tan satisfactoriamente; el Gobierno accedió y señalada la hora llegó al campo; todo el ejército estaba en línea para recibirlo, pero vamos a la mesa; los señores hoy generales Velazco, finados San Vicente y Lapido fueron los directores de todo, y colocación del Gobierno General Lavalleja, el mayor Calderón a la izquierda, del mayor Turreiro, no recuerdo. Comparecieron todos los jefes y demás oficiales y este su servidor; la comida fue espléndida, hubo muchos brindis y todo concluyó felicitando al Gobierno, al General y a todos los que tuvieron una parte activa en este negocio”.

“Al día siguiente comisión el Sr. General Lavalleja al Sr. Mayor Calderón para que fuese a organizar la fuerza del Durazno, haciéndolo reconocer como Jefe de ella y marchó para aquel destino, pero en lugar de responder a la fina voluntad del General, a quien le debía la vida, acompañado del Capitán D. Manuel Almada, se pasó a los Brasileros, y más tarde vino en contra de nosotros el 12 de Octubre batalla de Sarandí”.

“Seguiré los sucesos- Después de la primera ocurrencia del Ejército, y luego que este estuvo fuerte, el Sr. General, a fin de no tener en inacción las tropas, ordenó que el Mayor Mariño con parte de la división de Maldonado, marcharse a reforzar las fuerzas que sitiaban la Colonia a las órdenes del Coronel D. Juan Arenas, y la de Canelones a reforzar al Sr. Teniente Coronel entonces D. Manuel Oribe en el asedio de Montevideo”.

“El General D. Fructuoso Rivera componía una fuerte división en la que estaba incorporado el señor, hoy general D. Servando Gómez, este general debía operar sobre Bentos Manuel que se hallaba sobre los pueblos de Mercedes y márgenes del Río Negro y fue el que tuvo la gloria de dar la memorable acción del 21 de Setiembre en el Rincón de las Gallinas, y que tanta parte tuvo en la que después unidos dimos en el Sarandí el 12 de Octubre”.

“A pocos días que el Mayor Mariño marchó para la Colonia, el Sr. General en persona siguió con mi regimiento de húsares orientales es decir primer escuadrón al mando del Capitán y Comandante D. Manuel Araucho y parte del Batallón o regimiento de Infantería, en donde iba el Capitán D. Manuel Brid, hermano de D. Miguel Brid, mi íntimo amigo, Tomás Viana y muchos otros compañeros, con quienes a cada instante y en horas vagas estaba yo siempre que las atenciones del servicio me lo permitían. En una de las embestidas nuestras, salió herido mi amigo Tomás Viana, otro oficial Eurgel, brasilero a nuestro servicio, y en una carga que dio el enemigo, mal entendida, en una de las calles que iban hasta los portones de la ciudad, murió el Mayor Mariño, pues los portugueses ganaron las zanjas de derecha e izquierda y en sus tiros nos hicieron mucho daño, nuestro escuadrón ocupaba el costado de San Francisco, y la división Arenas del costado derecho, y centro división de Mariño, este debía hacer una conversión en el centro, inter nosotros y división Arenas debíamos favorecerlos por los inmensos médanos entrar hasta los portones y arrollar al enemigo para afuera y formarles una celada, pero aquel Mayor Mariño, o sea que no comprendió la orden o que quiso experimentar el arrojo de sus valientes, atacó al enemigo hasta los mismos portones quedando inmensos muertos de los portugueses, perdiendo nosotros vidas muy caras”.

“El general tuvo con esto un gran sentimiento, pero contuvo las salidas que diariamente hacían los invasores”.

“Pocos días después tuvo parte el señor general, que la división de Bentos Manuel después de ser perseguida por el señor general D. Fructuoso Rivera, y de haber sorprendido un mayor Mansilla nuestro, que murió en el Águila, se dirigía a Montevideo, sobre la marcha trató de cortar la marcha y con toda la fuerza que pudo disponer dejando al frente de la Colonia un simulacro, marchamos sobre el enemigo pero erramos este y se dirigió al campo de la Florida en donde tuvo avisos positivos que los enemigos se unían y venían sobre nosotros. Acampamos y empezamos a prepararnos”.

“El señor general quiso experimentar el valor de nuestros soldados. Se pasó la lista dos horas antes del día; estaba de gran guardia la división de San José como a una legua del campo, la mandaba en aquel día el capitán D. Lorenzo Medina”.

“El señor general anunció a este y bajo el mayor secreto que él debía con su escolta presentarse allí, para hacer un reconocimiento práctico del valor de sus soldados; como a las cuatro de la mañana se presentó al general con el señor hoy general D. Gabriel Velazco, el señor capitán entonces D. Felipe Maturana y algunos más oficiales y su escolta. El señor Velazco con un sombrero de alas anchas propios de los que en aquella época usaban los imperiales, y algunos otros oficiales que estaban en el secreto con el señor general empezaron a dar tiros, hablando el idioma portugués y gritando mata castellano, etc, etc”.

“Nuestros soldados y todo nuestro ejército que no estaba en el secreto, como este su servidor, luego que empezó el tiroteo en la gran guardia comandada por el capitán D. Lorenzo Medina, únicamente gritaron a las armas, cartuchos, cartuchos, ¡Viva la Patria!, mueran los portugueses, pues los gritos hasta nosotros llegaban; en un abrir y cerrar de ojos estaba toda la línea formada en la calle que hacía el campamento. Esperando la voz de los jefes y todos ansiaban porque llegase el momento de ir a las manos”.

“Mi escuadrón todo gritó, mi alférez, municiones, municiones, y déjelos V. venir que nuestros ponchos nos servirán de muralla a pie para rechazar esos Imperiales. En el instante tomé ocho hombres, me dirigí al cuartel general, en donde estaban las carretas de municiones al cuidado del capitán Alemán. Solicité de él diez o doce cajones de cartuchos que me dio él mismo por ignorar el secreto. Llegué con ellos a mi cuerpo y repartirlos fue todo uno, cuando todos los soldados se hallaron amunicionados a un paquete ya se creyeron invulnerables y decididos a estrellarse con los enemigos cualquiera que fuere su número”.

“El tiroteo empezó a calmar en la Gran Guardia; a las voces de “Imperialistas” siguieron los de Viva la Patria! Viva nuestro general! Victoria, etc, etc! El día ya se aproximaba y esperábamos con ansia el desenlace que habría tenido lugar en aquella madrugada en nuestra vanguardia”.

“Luego que empezó a amanecer, el Sr. general Lavalleja con el Sr. hoy general Velazco y una comitiva vino al campo, entró por la derecha que ocupaba el Regimiento de Dragones Orientales, y corrió toda la línea pasando por nuestro Regimiento que estaba colocado a la izquierda, y en todas las divisiones recibía las decididas pruebas de respeto, aprecio y valor con que le victoreaban nuestros soldados, sus jefes y oficiales, por el triunfo que creíamos había obtenido”.

“Luego que llegó al Cuartel General hizo tocar diana que fueron seguidas en todos los cuerpos, y más nos confirmamos de su triunfo, cuando a pocos momentos se tocó Orden General; como era consiguiente fui yo, como todos los de mi clase, a recibirla, la copiamos en nuestros cuadernos, la que era concebida poco más o menos en estos términos: -Orden General- El General en Jefe del Ejército, deseando conocer el valor de sus soldados, preparó una alarma falsa en el Ejército de su comando y es con el mayor placer que por medio de esta os dice que está lleno de contento al ver que encuentra una decisión firme, y entusiasta como en las tropas más aguerridas de la Europa, y os da las gracias por esta decisión, asegurándoos que en adelante no habrá más alarma falsa y que cualquier rumor que apareciese en el campo solo podrá ocasionarlo el enemigo, léase a la tropa en rueda de órdenes. LAVALLEJA”.

“Este día todo fue contento, se nos dio una buena cuenta, y sólo nos quedó la moral y las anécdotas de lo sucedido con algunos asustados”.

“Si el Sr. de Sierra tiene amistad con el General Velazco lléguese a él, que creo reirá mucho de lo que él asustó a alguien con el sombrero Guarapore y hablando en portugués; él recordará los datos mejor que yo, como jefe que era entonces y nuestro Instructor General”.

“No bien habían pasado algunos días cuando el Sr. General recibió parte ciertísimos que los enemigos Bentos Manuel y Bentos González, con las divisiones a sus órdenes hacían unión, y que aconsejados por Bonifacio Calderón querían batirnos en detal. Sobre la marcha impartió sus órdenes al General Rivera para que a marcha forzada se pusiese sobre el Sarandí; iguales órdenes pasó a los jefes sitiadores de Montevideo, Coronel D. Manuel Oribe, Colonia, División Arenas, Cordones y Cerro Largo, Dragones Libertadores, a las órdenes del valiente hoy General D. Ignacio Oribe, marchando en persona el mismo General con el Ejército todo, compuesto si mal no recuerdo de los regimientos de húsares Orientales a que yo pertenecía, a las órdenes del valiente Teniente Coronel D. Gregorio Pérez, División de Minas a las órdenes del Comandante Gordillo, San José, a las órdenes del Coronel Medina, Dragones Orientales al mando del Teniente Coronel hoy General Delgado (Melilla), etc, etc, marchamos trasnochando, hasta que al amanecer del 12 de Octubre todas las fuerzas ya enumeradas, y por diversos lugares, llegaron al lugar denominado Sarandí, bajo del mayor secreto. El enemigo ajeno a éstas reuniones marchaba para batirnos en detal”.

“Tan luego amaneció, el general sobre el mismo campo en que ya estaba el enemigo mandó por divisiones tomar caballos de reserva para empezar a formar la línea de batalla: tres veces a mi ver se presentó la batalla al enemigo que éste rehusó. Sin embargo, esto dio tiempo para que nuestro ejército ya unidas todas las divisiones, tomasen caballos de reserva y entrasen en línea de batalla; mi regimiento a las órdenes del valiente y sereno en la pelea Teniente Coronel D. Gregorio Pérez ocupó la derecha nuestra, e izquierda de los Imperiales. El Sr. General D. Fructuoso Rivera con sus bravos Dragones Orientales y demás divisiones a sus órdenes ocupó nuestra izquierda, derecha enemiga en donde estaban los Dragones del Río Pardo”.

“Debo advertir que el señor general colocó los regimientos de húsares y dragones a derecha e izquierda, por ser regimientos de línea, como colocó al regimiento núm 9 en el centro a las órdenes del infortunado (entonces teniente coronel) D. Manuel Oribe para servir de punto de apoyo fuerte a las valientes milicias del ejército”.

“Colocada la línea y puesto a su frente un cañoncito pequeñito con su dotación competente a las órdenes del señor mayor entonces, Don Pablo Zufriategui. Empezó el enemigo a entrar en línea dando vivas a S.M.I., etc etc”.

“Nuestro general con un numeroso E.M. empezó por nuestro regimiento a arengar del modo siguiente: “Soldados! Hoy es el día en que debe quedar para siempre libre la provincia: o para siempre esclava. Uno de dos medios elegid, o morir libres, o vivir esclavos”. Nuestros valientes húsares contestaron con una sola voz ¡Morir libres! Soldados! Siguió nuestro general. Uno ha de ser el toque, este será el de la carga, no quiero prisioneros, pasadlos todos a cuchillo. El soldado que encuentre despojando un cadáver lo fusilo en el instante. Después de acabada la acción, vuestro es el botín. Al marchar fue victoriado por toda la línea nuestra. Vimos entonces que le general hizo lo mismo en todas las divisiones y lo perdimos de vista en el costado izquierdo”.

“El enemigo se venía a la carga cuando nuestras líneas como un solo hombre se movían sobre él, hablaré de mi regimiento y de su valiente jefe y del modo con que ordenó su tropa”.

“Luego que oyó el toque se dirigió a nosotros y djo ¡oh húsares! acordaos que sois Orientales, y que vuestros hermanos ha poco vencieron en Haedo, al trote, al galope, a la carga, y en momento nuestras espadas y nuestros pechos se encontraron con los de los imperiales”.

“Debo a V. advertir que nuestros soldados solo llevaban dos tiros o cartuchos, que por orden del señor general en jefe había recibido del señor teniente coronel entonces de los dragones libertadores D. Ignacio Oribe, y que se repartieron por orden de mi comandante a todo el regimiento de húsares”.

“Oí en aquel momento al mayor entonces D. Ramón Cáceres estas palabras: “General, acuérdese V. de lo que tantas veces le he dicho a V. en Santa Fe, aprovéchese V. del ardor de los orientales, mande V. carabina a la espalda y sable en mano, y el triunfo será nuestro. Así fue ejecutada la orden de nuestro valiente entre los valientes el general D. Juan Antonio Lavalleja, y así quedamos vencedores de una fuerza aguerrida y cubierta de armas como lo eran los soldados del Imperio”.

“Es preciso advertir que el batallón de infantería no tuvo parte en esta acción en razón que quedó al cuidado de nuestro gobierno, Hospital, Maestranza, etc, etc”.

“En el campo de batalla y en los momentos que habíamos arrojado y despedazado las columnas enemigas, el coronel enemigo Alencastre que quedó en el campo, hizo tocar reunión, y nos volvimos a hallar frente a frente con una nueva guerra imperial. Nosotros por nuestra parte nos reunimos e íbamos sobre ellos, pero precisábamos como jóvenes que éramos un jefe experimentado, en este estado estábamos, los enemigos creían a la distancia que éramos compañeros y lo mismo sucedía a nosotros, pues nuestras divisas blancas a media espalda eran las mismas que traía aquella fuerza que teníamos al frente”.

“Precisábamos en aquel instante un jefe que nos dirigiese, cuando divisé como nuestro Ángel Tutelar al benemérito teniente coronel entonces y muy bravo D. Ignacio Oribe que mandaba, como ya dije, los dragones libertadores que con su sombrero de Jipi – japa blanco, penacho encarnado puesto en el cintillo, poncho de paño puesto como divisa a media espalda, en un caballo saino negro, que a gran galope se dirigía hacia nosotros. En el instante marchó solo a nuestro encuentro pidiéndole nos dirigiese a la pelea y que tomase sobre sí la responsabilidad nuestra”.

“Este valiente jefe llegó a nuestra fuerza y fue saludado con entusiasmo y vivándole a cada instante, sobre la marcha destacó al sargento Calvar con dos hombres para que fuese a reconocer aquella fuerza y si como creíamos eran enemigos les intimase la rendición ante de una h ora, pues de lo contrario iba a cargarlos y pasarlos a cuchillo. Nuestro comisionado fue despido a tiros de la misma línea enemiga. El señor Oribe con sus ojos penetrantes observaba todo, mandó preparar la fuerza, al trote, al galope, lo que visto por la fuerza enemiga de Alencastre trató de ponerse en fuga; el señor Oribe mandó a la carga y he ahí la desbandada de aquella fuerza enemiga. Nuestro valiente jefe entonces Oribe mandó por derecha e izquierda abrir calle y con una persecución tenaz los llevamos hasta el mismo paso del Sarandí en donde se encontraron los enemigos con una fuerza superior a la nuestra y todos a una los rendimos quedando de este modo concluida la acción como a las cuatro de la tarde”.

“Allí tuve el grande honor de que mis generales D. Juan Antonio Lavalleja y D. Fructuoso Rivera me apretasen la mano con cordialidad, por recomendación de mi valiente jefe en aquel acto teniente coronel D. Ignacio Oribe”.

“Tengo orgullo de haber pertenecido en aquel día a los valientes húsares orientales, y aquel digno ejército que dio tantos días de gloria a nuestra querida patria”. ((EN ESTA PARTE EN LAS HOJILLAS DICE: RÍO GRANDE OCTUBRE/1885)

“Espero que mi trabajo sea aceptado por ud. y mis jóvenes compatriotas con igual voluntad a la con que yo me empleo en patentizarles una historia que concluiré después, si me fuese permitido por mi salud y mis quehaceres”.

“Tengo el mayor placer en este momento de saludar a los señores generales D. Ignacio Oribe, D. Servando Gómez mi antiguo jefe y amigo D. Pedro Delgado (a) Molilla, D. Andrés Gómez, como a todos los compañeros de armas, deseándoles las mayores felicidades, inter yo desde este lugar recóndito, celebro la gloria de mi Patria, me despido de V. compatriota y buen amigo y S.S. Un Oriental”.

“NOTA- Los Sres. D. Juan M. Turreiro, D. Antonino D. Costa, D. José Álvarez del Pino y D. Justo Diego González. Más tarde fueron de los padres de la patria en la Asamblea Constituyente”.




Sarandí


“¡Pueblo oíd! Escarmentad tiranos la venganza que toman los libres de los que usurpan sus derechos sagrados…” Juan Cruz Varela. Oda al triunfo del Sarandí: este trozo fue mandado el mes de octubre del 1861 a mi respetable amigo el Sr. Don Juan Manuel de la Sierra por José Costa, cuando encargado y propietario de la Prensa Oriental, hoy este mismo señor es el Inspector General de Armas de mi País, léase la Prensa Oriental del 12 de octubre”.

“Han pasado treinta y seis años, y pasarán muchos más, sucediéndose las generaciones, sin que el nombre del Sarandí deje de ser recordado con orgullo por los Orientales”.

“Las glorias nacionales no mueren nunca”.

“Los laureles conquistados en la lucha santa de la libertad e independencia de los Pueblos contra el dominio extranjero, no se marchitan jamás”.

“No punzan, no queman la frente de los héroes que en noble lid los alcanzaron”.

“En todo tiempo pueden ostentarse con ufanía”.

Sarandí es una gloria nacional como Haedo, Ituzaingó y Misiones”.

“En el libro de nuestra historia está escrito con indelebles caracteres”.

“Es la expresión del más alto heroísmo, del amor más acendrado y ardiente a la libertad de la Patria de los Orientales”.

“Es el legado precioso de los campeones de nuestra independencia, que debemos conservar inmaculado, glorificando su obra, bendiciendo y venerando sus nombres inmortales”.

“¡Honor y perdurable gratitud a su memoria!”

“El triunfo del Sarandí no fue una simple función de armas, una victoria efímera e insignificante”.

“Fue un triunfo espléndido, una batalla reñida y sangrienta que puso a prueba el temple superior de los adalides orientales. Fue un suceso decisivo, trascendental, de altísima importancia y de grandes resultados en la política de aquélla época”.

“Fue el hecho más importante, de más trascendencia, al decir de un contemporáneo, en el porvenir de los Pueblos del Plata, entre todos los que sellaron la lucha homérica de la República y la Monarquía”.

“La suerte del Estado Oriental se jugaba en aquella memorable jornada. ¡Jamás el destino de un Pueblo estuvo tan pendiente como aquel día, de la suerte de las armas!”

“Iba a decidirse entre los dos grandes y opuestos principios porque se luchaba -la democracia y la monarquía- en esta parte de América. Quiso Dios que el acero Oriental triunfase allí en nombre de la libertad y de la democracia, afirmando el dogma en las regiones del Plata, que acababa de triunfar en Chile y Perú, a la luz del último relámpago del cañón de Ayacucho”.

“Hasta ese momento solos estaban los Orientales en la lucha que habían emprendido los Treinta y Tres patriotas de gloriosa recordación”.

“Era desigual en número y en recursos, porque había que lidiar contra todo el poder de un Imperio. No importa. El patriotismo, el valor, la decisión de los bravos Orientales, afronta los peligros hasta la temeridad con fe y perseverancia. Combaten y vencen contra tropas aguerridas y Jefes expertos”.

“En la mañana del 12 de Octubre de 1825 se avistan y se encuentran en la orqueta del Sarandí los dos Ejércitos beligerantes”.

“El Imperial compuesto de dos mil soldados escogidos de la mejor caballería del Imperio, donde se encuentran no pocos de los que habían combatido contra las tropas del gran capitán del siglo. Los mandan los valientes coroneles Bentos Manuel y Bentos González”.

“El Ejército patrio compuesto próximamente de igual número, miliciano en su mayor parte, lo manda en jefe del bravo general D. Juan Antonio Lavalleja”.

“Soldados bisoños, mal armados, iban a batirse contra tropas aguerridas, disciplinadas, perfectamente armadas y municionadas. La imagen de la Patria los inspira, su voz mágica los anima. Los Orientales buscan y aceptan el combate con ardor”.

“Forman en línea sus divisiones, juran morir o vencer y a la voz de sable en mano, carabina a la espalda y a la carga que da el intrépido Lavalleja se lanzan como leones sobre las falanges enemigas, cuyos fuegos reciben a quema ropa, y a sable las despedazan, las arrollan, las develan, las ponen en derrota completa al empuje impetuoso de los bravos Orientales”.

“Prodigios increíbles de valor hacen en aquella jornada. Todos se comportan como héroes. La 8ª. compañía de Dragones Orientales al mando del capitán D. Bernabé Rivera casi toda perece, peleando con admirable denuedo, pero venciendo donde quiera que cruzan los aceros”.

“La Patria se coronó de gloria en aquel día. Sobre el campo de batalla, se abrazan las dos grandes figuras de aquella jornada inmortal. Lavalleja y Rivera, que con tanto brío como fortuna condujeron las huestes patricias a la victoria”.

“Hoy reposan sus manes bajo una misma bóveda, al pie del altar de los Santos Patronos en nuestra santa Iglesia Matriz, como entonces se cubrían y batallaban unidos por la Patria bajo una misma bandera”.

“¡Que la oración del cristiano y la siempre viva no falten al pie de la loza que cubre los restos mortales de aquellos dos héroes inmortales, en el día del más puro y glorioso de los recuerdos!”.

“¡Si la batalla del Sarandí se hubiera perdido, pobre Patria de los Orientales! ¡Cuán larga habría sido su servidumbre! ¡Quién sabe si hoy podríamos saludarlo aún, libre, independiente y constituido!”

“¡Cuánta gratitud pues, no debemos a todos los que cooperaron a aquel gran triunfo; a todos l os que a costa de su sangre generosa conquistaron en aquel lance la libertad de la Patria!”

“¡Salud y gloria a todos los que viven! ¡Prez y loor a los que duermen ya el sueño eterno de la tumba!”

“Lavalleja, Rivera, Oribe, Zufriategui, Quesada, Olivera, Oribe, Latorre, Mansilla, Gómez, Velazco, Bengochea, Villagrán, Araújo, Pino, Yupes, Burgueño, Laguna, Meléndez, Pozolo, Melilla, Donado, Cáceres, Spikerman, Lamas, Costa (D. José), Maturana, Caballero, Duarte, Santana, Medina, Arenas, Aguirre, Eguren, Lavalleja y tantísimos otros héroes del Sarandí, Maciel y Haedo”.

“Cerraremos estas líneas consignando el Parte Oficial de aquella memorable jornada”.


Parte de la victoria del Sarandí

“…Los Orientales acaban de dar al mundo un testimonio indudable del aprecio en que estiman su libertad”.

“Dos mil soldados escogidos de caballería brasilera, comandados por Bentos Manuel, han sido completamente derrotados el día de ayer en la costa del Sarandí por igual fuerza de estos valientes patriotas que tuve el honor de mandar. Aquella división tan orgullosa como su Jefe, tuvo la audacia de presentarse en campo descubierto, ignorando sin duda la bravura del ejército que insultaban. Vernos y encontrarnos, fue obra del momento. En una y otra línea no procedió otra maniobra que la carga; y aquella fue ciertamente la más formidable que puede imaginarse. Los enemigos dieron la suya a vivo fuego, el cual despreciaron los míos, y a sable en mano y carabina a la espalda, según mis órdenes, encontraron, arrollaron y sablearon, persiguiéndolos más de dos leguas, hasta ponerlos en la fuga y dispersión más completa; siendo el resultado quedar en el campo de batalla de la fuerza enemiga más de 400 muertos, 560 prisioneros de tropa y 52 oficiales, sin contar con los heridos que aún se están recogiendo, y dispersos que ya se han encontrado y tomando en diferentes partes; más de dos mil armas de todas clases, diez cajones de municiones y todas las caballadas”.

….

“Los señores jefes, oficiales y tropas son muy dignos del nombre de valientes. El bravo y benemérito brigadier inspector (D. Fructuoso Rivera) después de haberse desempeñado con la mayor bizarría en el todo de la acción, corre sobre una fuerza pequeña que ha escapado del filo de nuestras espadas”.

“En primera ocasión detallaré circunstanciadamente esta memorable acción, pues ahora mis muchas atenciones no me lo permiten”.

“El sargento mayor encargado del detall de este ejército (D. Gabriel Velazco) y conductor de éste, informará a Vd. de los otros pormenores que apetezca instruirse”.

“Dios guarde a Vd. muchos años”.

“Cuartel general en el Durazno, octubre 13 de 1825. Juan Antonio Lavalleja”.

“Al Sr. Comisionado del Gobierno Oriental”.

“D. Pedro Trápani – Buenos Aires”.

“De María”

“Señor Dr. Dn. Américo Barboza”

“Abril Diez y ocho de 1885”

“Amigo y Señor mañana se cumplen 60 años que el Inmortal General Don Juan Antonio Lavalleja con 33 orientales todos desembarcó en las costas del Uruguay para libertar su suelo natal de la dominación extranjera, a su primogénito lo inflama el patriotismo nacional, el resultado corona la empresa el día 20 de abril tuve el orgullo de ser uno de los que acompañaron al General Lavalleja y sus compañeros de armas”.

“Amigo y Señor Dr. Dn. Américo Barboza. Siempre que llega esta fecha traigo a la memoria la llegada de aquellos que con tanto denuedo se lanzaron a librar el país de la dominación extranjera. Hace años (…) que los nombres de aquellos héroes debía grabarse en letras de oro, en un monumento para la posteridad, hoy que tengo 82 años de edad tengo el orgullo de saludar a ud. en este día que soy uno de los antiguos veteranos de la Independencia y en su persona a su respetable familia (…), Patriota como el primero de los Patriotas y (…) al respetable Señor Dr. Justo Costa Barboza la (…) y mi protector y amigo; dígnese como (…) que es (…) digo que transmite los sentimientos que en este momento me acompañan en (…) del suelo que me vio nacer y (…) la composición poética que para aquel grandísimo hecho compuso el Sr. Dn. Carlos Gerónimo Villa Denares (¿?) Juez de los Civil de Montevideo y que fue contado en el Teatro de San Felpe que existía cerca de la Casa de Gobierno en aquella época”.

“¡Treinta y Tres denodados Patriotas!” Conducidos de un Héroe a la lid de la Patria las infaustas cadenas (…) (…) morir, la circunstancia (…) traen al combate fatal, y a su esfuerzo sangriento sucumbe la valiente Legión Imperial”.

“Coro: ¡Gloria a los hijos de Oriente, y a la noble Argentina Nación cuya espada invencible a la Patria, restituye en su gloria y honores”.

“Dígnese ud. joven estudioso como he dicho antes aceptar esta pequeña reseña que le hago en memoria de los 33 héroes que dieron gloria al suelo que nos vio nacer (…) en Montevideo (…) previniendo lo que hizo el 12 de Octubre de este año (…) grande batalla que le hizo en Sarandí comandada por el valiente Gral. Lavalleja le dedicará a él mis trabajos representan a los hechos que tuvieron lugar en aquella época, como uno de los veteranos de la Independencia de mi Patria”.

“Créame Ud. y toda su muy respetable familia su muy amigo y compatriota que le respeta y aprecia y le (…) ser útil a la Patria que le vio nacer y a sus mayores (…) respeto con todos (…) de mi corazón”.

“José Costa”



“El que suscribe fue ayudante de órdenes del Mayor entonces Dn. Gabriel Velazco, después Gral. Dn. Gabriel Velazco y acompañó a llevar el Parte de la victoria del Sarandí; tuve la gloria de haber apretado la mano del que fue Presidente de la República Argentina Dr. Don Bernardino Rivadavia, el que después de haberme presentado nuestro Comisionado Don Pedro Trápani al Presidente de la República, nos llevó a las Cámaras, a los 25 soldados de Escolta con nuestro Jefe Mayo Velazco y el General Oribe, tengo la vanagloria de haber visto y oído todo lo que hubo en la Cámara, el discurso del Diputado entonces Dr. Don Juan José Pasos y que (…) el que allí mismo en la Cámara se oyese el grito de guerra al Imperio del Brasil y que el Gobierno Argentino ordenase al General Martín Rodríguez que se hallaba en la costa del Uruguay pasase al estado oriental a ayudar a los Hermanos los orientales, el mismo Señor Presidente Rivadavia nos llevó al Teatro, en ocasión que en el Teatro se representaba una comedia de libres intitulada Generales Riego y Quiroga, figuraba el teatro un acampamento, vi cuando el Dr. Don Juan Cruz Varela anunció al Pueblo Argentino, pidiendo licencia para hablar en una de las lunetas en medio del Teatro y dio tres vivas a la Patria y dijo en voz de trueno, los orientales acaban de sellar para siempre la libertad! 2000 hombres soldados valientes a las órdenes del bravo General Dn. Juan Antonio Lavalleja hicieron morder la tierra a dos mil Brasileros, tropa escogida a órdenes de los valientes Generales Bentos Manuel y Bentos González, estuvimos presentes a todo cuanto ocurrió tanto en la Cámara como en el teatro, vi cuando el Pueblo Argentino gritó, una oda Juan Cruz una oda, y vi cuando el Dr. Juan Cruz dijo: Pueblos oíd, escarmentad tiranos, la venganza que toman los libres de lo que usurpan los derechos sagrados”.

“Vi todo y asistí a todo, y de todo tiene un conocimiento exacto el Señor Dn. Isidoro de María, de cuanto hubo después en el (…), luego y trajimos el parte que el Gobierno Argentino ayudaba a los orientales en todo, ayudé a tomar (¿?) bala (¿?) artificial que se tiró en el Pueblo del Durazno al lado de la Casa del Capitán Dn. Bernardino Pelayo (…) y otros árboles y por dentro con nuestras Banderas la primera del Gran Padre de la Patria Inmortal General Artigas, puedo decir sin temor de ser desmentido porque como uno de los vencedores del Sarandí vi todo cuanto hubo y allí dancé bastante y puedo decir que el primero que rompió el baile co la esposa de nuestro Gral. Lavalleja la Excma. Señora Doña Anita Monterroso de Lavalleja, Hermana del Padre Monterroso, fue el Mayor Pedro Pintos nuestro prisionero, de todo tiene un conocimiento exacto nuestro compatriota el Señor de María pues todo lo he comunicado a él”.

“Mis trabajos los dedico a mi respetable amigo y Protector el Señor Cónsul oriental en Río Grande el Señor Don Teodoro Costa Barboza, y sus queridos hijos y también advirtiéndole que tengo muchos documentos en esta cabeza que si me permiten los pondré a su disposición para que sean (…) hechos públicos pues tengo el orgullo de ser veterano de la Independencia de mi Patria (querida) respeto al Señor Barboza (…) y por lo tanto trabajo con placer”.

“Río Grande Octubre 5/1885”.


“Señor Dr. Dn. Américo Barboza”

De su muy amigo

José Costa

Veterano de la Independencia de la Patria


“Representación que hice al Excmo. Señor General Don Juan Antonio Lavalleja después de la Batalla de Sarandí y lo conservo en mi memoria hace 60 años y hoy le recuerdo (…) a mi protector el Señor Cónsul oriental en Río Grande del Sur Don Teodoro Costa Barboza”.

“Excmo. Señor General en Jefe del Estado Oriental Dn. Juan Antonio Lavalleja”.

“Las contestaciones del General Oribe aunque indirectas y consideradas en el mismo lenguaje que permitían las circunstancias por Enero del año anterior, no me dejaron duda sobre lo que debería hacer, cuando mudada la faz de los negocios por la feliz cuanto inesperada aparición de V.E. en las márgenes del Uruguay, vi llegado el momento de abandonarlo todo para ser útil en algo a la Provincia, a su Gobierno y a V.E. mismo cuya proclama hiriéndome de preceptos positivos completaron mi resolución por Abril del año citado, en esta época prófugo de Montevideo y admitido a servir bajo las inmediatas órdenes del expresado Señor Oribe, tuve la suerte de hallarme en el primero de los encuentros que anunciaron la gloria del Sarandí, por esto y tal vez por una benigna consideración de mi Jefe manifestada hacia mí en todos los lances del servicio fue por lo que merecí el ascenso de Porta Estandartes del regimiento nº 9 de Caballería de línea, en cuya clase pasando a las órdenes de S.E. mereció el ascenso de Alférez de la 1º Compañía del 1º Escuadrón de húsares orientales, al tiempo que destinado al asedio de la Colonia, era necesidad partir de los peligros que contraían los húsares en aquella empresa de la Colonia siguiendo la suerte del Ejército he tenido la de hallarme en todas sus marchas hasta la memorable jornada del Sarandí, en donde lo que yo haya hecho como oficial o como soldado será bien que lo informen mis Jefes para ahorrarme la violencia de contarlo, porque a mi en este punto como en mi conducta anterior yo más bien quería ser (…), he creído, no pudiendo ni aún indicar mis servicios sin ofender la modestia e importunar demasiado la atención de S.E. más cuando los informes hablan por mí y V.E. se halla convencido que hice cuanto pude para merecer el aprecio de mis Jefes, y los (…) inseparables de mi carrera, me permitirá V.E. que me queje de verme postergado en previsión de reconocer como superiores a los que hasta aquí había mirado como muy distantes del punto en que me había colocado mi antigüedad y servicios; esta queja Excmo. Señor, si no fuese justa a lo menos es disculpable, ella es hija del honor sin el cual la (…) sería un servicio de malvados, en (...) por la delicadeza sin la cual no pueden haber oficiales, en fin, es una prueba que tenemos todos los súbditos en la bondad de S.E. porque sin ella sería imposible que un subalterno se aventurase a quejarse de su destino y pedir una merced, que tal vez no se crea suficientemente necesaria, sin favor y la justicia de la causa y sin más espero que la voluntad de V.E. a quien invoco y de quien espero por resultado de esta solicitud el ascenso que le corresponde según la clase con permiso para disfrutarlo en el Batallón de Infantería a órdenes del Sr. Coronel Dn. Felipe Duarte, previo los informes del caso”.

“Es gracia Exm. Señor”.

“José Costa”



“Acto continuo el Exmo. Señor General me llamó y me dijo como sale de mi Escolta me es de muy recomendado por el valiente Teniente Coronel Ignacio Oribe en la Batalla de Sarandí y de la sugerencia del Ministro Coronel D. Atanasio Lapido y Don Carlos Sanvicente y en orden General se me dio a reconocer en el mismo día como Teniente 2º de la 1º Compañía del primer Escuadrón de Húsares orientales, en cuya clase juré al Ejército Nacional, órdenes del General Mestor (¿?() Rodríguez al Regimiento Nº8 de Caballería de Línea a órdenes del Coronel Don Juan Zufriategui, allí ascendí a Teniente 1º (lll) a Capitán de la misma Compañía, mi Capitán entonces era el Capitán Dn. Estevan (…) serví en el Ejército Nacional a las órdenes del General Don Carlos María de Alvear hasta la paz de 1828”.

“El Señor Isidoro de María tiene un conocimiento exacto de todo lo que le he dicho”.

“Río Grande Octubre 5/1885”

“José Costa”.

















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